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sábado, 12 de julio de 2008

El todo o la nada...

Momento de distensión, de relajar las neuronas. Zapping por canales deportivos en la televisión. De pronto, el anuncio de la transmisión de una final de tenis: "Es el partido que ambos estuvieron esperando. Aquí se definirá quien se queda con todo, o con la nada misma". Fox Sports, traducción literal. Me llamó la atención y me preocupó en cierto sentido que pase tan desapercibida una frase tan fatalista.

Vivimos pidiendo que frene la violencia en el fútbol, que el deporte sea tomado como tal y no con tanto fervor. Pero somos testigos constantes de este llamado a la pasión, a los sentimientos exaltados, al extremo. El que no gana no es nadie, el que no triunfa se vuelve sin nada, el segundo no existe, o peor, es un perdedor. Es difícil analizar eso sin caer en una visión ciertamente mediocre de conformarse aún sin ganar pero, tratando de esquivar eso, me parece que la mano de ser los mejores se nos está yendo un poquito.

Escuchaba el otro día en La Venganza... un pedacito divertido: si desde un medio masivo nos quemamos las pestañas para pedir por la paz y el fin de la violencia en las canchas, después no gritemos un gol desesperadamente durante cuarenta segundos como si fuera el fin del mundo. Es sugestionar al público. La misma voz que pide decencia es la que está por fallecer de la agonía ante un gol en el último minuto. Y eso contagia. Entonces no hay forma de pedirle al que está con la radio en la cancha que no le tire con un ladrillo al juez de línea si se lo está convenciendo de que es la vida o la muerte en 90 minutos.

Un par de noches atrás, y en medio de todo un debate filosófico (¿?), hicimos una analogía completa de la vida como un campeonato. Un torneo en el que jugamos una serie de partidos que podemos ganar o perder, y que van afectando unos a otros y al resultado global y final. Uniendo entonces las dos ideas, algo que no es alocado ni mucho menos, estamos ante una idea de que si no vencemos en cada una de las batallas de la vida, seremos unos fracasados. Y siendo que las derrotas enseñan muchísimo más que las victorias, creo que ahí es donde llegamos al problema.

Si la Presidente llama a los gritos a la unión del pueblo contra esos golpistas, si un líder gremialista tiene más presencia mediática que un periodista de opinión, si la editorialización de los tipos parados en la esquina anuncia todo el tiempo las catástrofes de la sociedad, si nos incitan a sentirnos argentinos y boicotear a los del país de al lado por una papelera contaminante del tipo de las que nosotros tenemos 17 en un mismo río, si un River vs. Boca tiene 11 veces (literalmente, diez veces) más infraestructura e inversión que una Feria del Libro...

No, no, no estoy justificando la violencia. Me refiero a la intención moldear pensamientos bastante mediocres (de los que nos sobran a todos últimamente) en cuanto a la pasión por el fin máximo.

Me fui a cualquier lado, había comenzado viendo un partido de tenis. ¿Vieron lo mal que hace trabajar un sábado a la mañana?

domingo, 4 de noviembre de 2007

El negocio perfecto...

¿Qué darían por tener una empresa en la que sus clientes no sólo consuman su producto, si no que lo hagan con fervor? Una hazaña lograda por pocas corporaciones tras largos años de extensas campañas de todo tipo de marketing y publicidad, de boca a boca, de cambios digitados en el producto, de estudios de mercado intensos... pero, son McDonald's o Coca Cola las únicas que pueden lograr esto? Conseguir que no sean solo clientes consumidores, si no fans? Crear una filosofía de consumo alrededor de un producto específico?

Como las dos empresas del ejemplo hay algunas otras, pero pocas en fin, en relación al mercado mundial. Y una sola, las puede superar a todas juntas, recaudar más, miles de millones más, mover a miles más, paralizar estados enteros, o unir pueblos de punta a punta.

El deporte, por lo general, y más en los últimos cien años, ha sido explotado hasta el hartazgo, con diferentes suertes en cada disciplina, pero siempre con el objetivo de crecer los ingresos de quienes soportan cada actividad. Y dentro de todas las disponibles, pocas han logrado sobresalir con el movimiento masivo de gente (y, por ende, dinero) que las hace distinguirse en la historia de la humanidad. En ese sentido, y dejando un momento de lado al gigante estadounidense que suele comportarse como una isla con respecto a los gustos mundiales, el fútbol ha tocado niveles ya realmente inimaginables hace apenas una década.

Los ceros en los contratos de los jugadores no alcanzan. Las cláusulas para rescindir el contrato de Lionel Messi roza los 250.000.000 de Euros. Ronaldinho, Kaká, Ronaldo, Schevchenko, Drogba, Van Nilsterooy... Imaginemos ahora los tratos de televisión, de sponsors, de publicidades en el estadio, de derechos de merchandising. Hasta en nuetro país, tan lejano a las realidades económicas del primer mundo, los números que se manejan en cualquier club grande de la Primera División supera el presupuesto de cualquier institución gubernamental, o varias de ellas juntas.

En este ámbito, el manejo del hincha o fan es quizás uno de los elementos más importantes del negocio, y el que más atención requiere. Es digno de los estudios más complejos en psicología y sociología el análisis del pensamiento del hincha de fútbol, siendo el comprador del espectáculo más grande que se haya concebido económicamente hablando, que jamás siente una pizca de remordimiento por destinar un monto determinado a una entrada, un paquete de TV, una camiseta. La satisfacción que le genera hacerlo por su club, es todo lo que necesita para hacerlo nuevamente, indefinidamente. Y es algo difícil de apaciguar, por lo que una vez que se hace una suerte de “adicto” a ese show, será un consumidor de por vida, pasivo o activo.

El quid de la cuestión reside en saber explotar ese sentimiento vivo que el club y las empresas encargadas de la popularización (si es que aún le hace falta) del fútbol agrandan hasta el hartazgo. Y por eso, el fútbol, como negocio multibillonario, es simplemente perfecto.

viernes, 10 de noviembre de 2006

Queremos matar al perro...

Otra vez escándalo en el fútbol argentino. Que se arreglan partidos, que no. Que se incentiva a los planteles, que no. Que hay coimas, que no. Que hay aprietes, que no. A ver si nos decidimos...

Ahora el detonante es el partido de Gimnasia de La Plata y Boca. Y la barrabrava que aprieta a los platenses para que no le ganen al rival, con tal de no beneficiar a su enemigo del alma, Estudiantes. La dirigencia no protege a los jugadores. Los amenazan de muerte. juegan con miedo. Un diario deportivo lo denuncia, y se armó el despelote. Curioso, algo que pasa todos los días, en todos los ámbitos de la vida cotidiana argentina, y ahora nos toca el alma.

Ahora se quejan también de los partidos arreglados sin coimas. Cuando uno pelea el campeonato y el otro pelea el descenso, empatan y se salvan los dos. ¿Y qué quieren? Si ambos rivales no se odian, no tienen motivos para desearse la desgracia mutua, y tienen la herramienta a mano que les permite a los dos llegar a su objetivo. No es justo, si, para el otro que pelea, pero la vida es así, no podemos tampoco quejarnos de lo primero que se nos venga a la mente solo por el hecho de mostrarnos en desacuerdo.

Tenemos secuestros, asesinatos, atentados, corrupción dirigencial y una larguísima lista de etcéteras por resolver, y el escándalo de la semana es que el campeonato argentino de fútbol de Primera División "no es serio". Vamos gente, ni que viviésemos en Suiza. Acá nunca fuimos serios, ni lo seremos. Y justamente de eso nos jactamos antes el mundo, asique no vale quejarse ahora. ¿O se creen que la estúpida idea esa de la "viveza criolla" sólo sirve para meter la mano y hacer un gol?

Hay que parar el futbol? No, para nada. El único que se ve perjudicado ahí es el hincha. Porque el directivo del club se dedica a la política en otro lado, y punto. Acá, eso es negocio asegurado. El empresario de televisión crea una campaña publicitaria para hacer masivo el seguimiento a los Pumas, a las Leonas o a Nalbandian. Y punto, sigue con el negocio. El que se queda sin ver a su deporte preferido es el común, el que tiene su cable a tierra una o dos veces por semana, que gasta a sus amigos cuando gana o se come las cargadas cuando pierde. Ese "folklore" del fútbol que tanto dicen ahora, porque cuando una palabra se pone de moda, vaya uno a sacársela de la mente, aunque esté tan mal implementada.

Hay que dejar a los barrabravas sin entrar a los estadios? Si, buenísimo. Pero sin salir de la cárcel también, porque no ls hace falta ir el día del partido a la tribuna para generar violencia. No es lo único que pueden hacer. Son factores de presión en el club, para cualquier situación: forzar a los jugadores (como ahora), "renunciar" técnicos, echar dirigentes, de todo. Son criminales, y como tales merecen estar atrás de unos elementos largos que van del techo al piso, y se llaman rejas. Están en unas casas grandes, llenas de pibes de 16 años que robaron tres manzanas para comer, y que gracias a las leyes de seguridad ahora pasan ahí más tiempo que en lugares un poco más productivos. Porque se gasta más en prisiones que en escuelas. Bueno, es otro tema.

Entonces, qué hay que hacer? Cambiar todo de raíz porque ya viene podrido desde la base?Uf, si. Pero habría que hacer lo mismo con tantas cosas... y no es simple, ni siquiera completamente posible. Hay que ir de a pasos... no vamos a arreglar el fútbol si no arreglamos a la sociedad, no vamos a arreglar a la sociedad con mala dirigencia, no vamos a cambiar a la dirigencia si no cambiamos la cultura en general y bueno, se hace una cadena. Una cadena bastante problemática, sobre todo cuando un sector es parte del otro.

Esto no se va a acabar nunca, pero muchísimo menos si nos dedicamos tanto a criticar actitudes de las que, por acto u omisión, somos parte. Y me parece que en eso se basan el 100% de todos nuestros problemas como sociedad. No hacemos lo que debemos, pero queremos que el otro lo haga por nosotros. El fútbol es parte la gente, lo componen seres humanos, y en este caso argentinos. No pidamos lo imposible.

martes, 4 de julio de 2006

El reino del revés...

Qué es lo que hace posible que la cultura entera de un país se vea modificada radicalmente? Aunque parezca una respuesta sin sentido, el fútbol ha demostrado una vez más no ser solamente una "pasión de multitudes", sino también un detonador de actitudes inesperadas.

En este último mundial, se han visto dos ejemplos demasiado claros de lo que estoy diciendo. Bien sabido es que la rivalidad entre Brasil y Argentina es histórica y cada día más efervescente. También es conocido por todos que ambos son potencias mundiales en cuanto al deporte se trata. Con esto en mente, ambos seleccionados viajaron a Alemania con el fin de conseguir la Copa del Mundo.

Aquí salta el hecho curioso. Argentina, luego de una notable actuación, queda eliminada por el local en penales, en los cuartos de final. Por la misma instancia, pero ante Francia, los cariocas quedaron también afuera, pero con una presentación casi lastimosa, y perdiendo por una clara diferencia en el campo de juego.

Debido a esto, las reacciones que se desataron son diversas y sorprendentes. El pueblo argentino, marcado por un exitismo histórico y a veces hasta dañino, elogió a su equipo, y hasta lo recibió a la vuelta con festejos, muestras de apoyo tanto a los jugadores como al cuerpo

técnico. Por otro lado, en el país vecino (reconocido en el mundo entero por su alegría constante e inquebrantable) está siendo protagonista de un episodio de reclamos, molestias y desconfianza extremo. Al punto tal que se ha llegado a quemar la estatua que le habían levantado a uno de los referentes del plantel, considerado hoy el mejor jugador del mundo. Ronaldinho fué el primero en caer en las quejas de los hinchas brasileros, seguido de cerca por el DT y varios de los jugadores históricos y más ganadores de la historia del seleccionado nacional.



¿Por qué sucede esto? ¿Qué es lo que produce el fútbol a nivel colectivo, social e individual que no hacen otros deportes o actividades? Podemos decir que estamos, al menos, ante un fenómeno muy poco común, y que es difícil de repetirse. Para encontrar una causa deberíamos reunir a sociólogos, psicólogos, médicos, y hasta políticos. Lo que es seguro es que no tiene solución. La pasión que se mueve alrededor de este deporte, para bien o para mal, está profundamente arraigada en nuestras culturas, y puede convulsionarnos de manera sorprendente e impredecible.

Hay una frase que resume casi cualquier evento fenomenal que produce el balonpié: "Es lo lindo del fútbol". Y si. Es su encanto, quieran o no.

jueves, 15 de junio de 2006

Una clase de sentido común...

Es el día del partido. Todos los televisores muestra verde césped, tribunas completas, y mucha expectativa ronda en el aire. Ariel, pasa corriendo a centímetros de la puerta de la directora, huyendo hacia la ansiada libertad de poder ver a la Selección mayor. Es que en su escuela, como en muchos recintos educativos de todo el país, no se permite ver el partido de Argentina en horario de clases.

¿Qué es lo grave? Que Ariel es el primero de una larga fila de chicos, miles de chicos, que pasan corriendo por aulas, puertas, pasillos y patios para poder ser parte de lo que para los argentinos es más que un evento deportivo. Es algo social, es algo personal, es algo que se lleva adentro y que no se puede eludir.

¿Quiénes se favorecen con la decisión de no transmitir en vivo y en directo los partidos de la Selección en el Mundial de Alemania? Los alumnos no, porque ni prestan atención a la clase que se les está dando, mas preocupados por lo que pasa al otro lado del mundo. Los profesores tampoco, pierden su tiempo dando una clase muy probablemente sin sentido, y nadie dice que no estén tampoco pensando en la pelota que rueda en otro lugar. Si los chicos que asisten a clases no tienen una conclusión postiva de esta medida, ya pierde todo sentido, dado el hecho que lo más importante del sistema educativo es a quienes se educa.

¿Está bien parar clases de Matemática, Geografía, Biología, Historia o Química por un simple partido de fútbol? Habrá que decidir si ese juego, en nuestra sociedad, es o no lo suficientemente importante como para justificar la medida. Para algunos si, para algunos no. ¿Para mí? Se pueden alargar los horarios escolares, y recuperar clases. Pero la experiencia de sentir un mundial, no.