Momento de distensión, de relajar las neuronas. Zapping por canales deportivos en la televisión. De pronto, el anuncio de la transmisión de una final de tenis: "Es el partido que ambos estuvieron esperando. Aquí se definirá quien se queda con todo, o con la nada misma". Fox Sports, traducción literal. Me llamó la atención y me preocupó en cierto sentido que pase tan desapercibida una frase tan fatalista.
Vivimos pidiendo que frene la violencia en el fútbol, que el deporte sea tomado como tal y no con tanto fervor. Pero somos testigos constantes de este llamado a la pasión, a los sentimientos exaltados, al extremo. El que no gana no es nadie, el que no triunfa se vuelve sin nada, el segundo no existe, o peor, es un perdedor. Es difícil analizar eso sin caer en una visión ciertamente mediocre de conformarse aún sin ganar pero, tratando de esquivar eso, me parece que la mano de ser los mejores se nos está yendo un poquito.
Escuchaba el otro día en La Venganza... un pedacito divertido: si desde un medio masivo nos quemamos las pestañas para pedir por la paz y el fin de la violencia en las canchas, después no gritemos un gol desesperadamente durante cuarenta segundos como si fuera el fin del mundo. Es sugestionar al público. La misma voz que pide decencia es la que está por fallecer de la agonía ante un gol en el último minuto. Y eso contagia. Entonces no hay forma de pedirle al que está con la radio en la cancha que no le tire con un ladrillo al juez de línea si se lo está convenciendo de que es la vida o la muerte en 90 minutos.
Un par de noches atrás, y en medio de todo un debate filosófico (¿?), hicimos una analogía completa de la vida como un campeonato. Un torneo en el que jugamos una serie de partidos que podemos ganar o perder, y que van afectando unos a otros y al resultado global y final. Uniendo entonces las dos ideas, algo que no es alocado ni mucho menos, estamos ante una idea de que si no vencemos en cada una de las batallas de la vida, seremos unos fracasados. Y siendo que las derrotas enseñan muchísimo más que las victorias, creo que ahí es donde llegamos al problema.
Si la Presidente llama a los gritos a la unión del pueblo contra esos golpistas, si un líder gremialista tiene más presencia mediática que un periodista de opinión, si la editorialización de los tipos parados en la esquina anuncia todo el tiempo las catástrofes de la sociedad, si nos incitan a sentirnos argentinos y boicotear a los del país de al lado por una papelera contaminante del tipo de las que nosotros tenemos 17 en un mismo río, si un River vs. Boca tiene 11 veces (literalmente, diez veces) más infraestructura e inversión que una Feria del Libro...
No, no, no estoy justificando la violencia. Me refiero a la intención moldear pensamientos bastante mediocres (de los que nos sobran a todos últimamente) en cuanto a la pasión por el fin máximo.
Me fui a cualquier lado, había comenzado viendo un partido de tenis. ¿Vieron lo mal que hace trabajar un sábado a la mañana?
Vivimos pidiendo que frene la violencia en el fútbol, que el deporte sea tomado como tal y no con tanto fervor. Pero somos testigos constantes de este llamado a la pasión, a los sentimientos exaltados, al extremo. El que no gana no es nadie, el que no triunfa se vuelve sin nada, el segundo no existe, o peor, es un perdedor. Es difícil analizar eso sin caer en una visión ciertamente mediocre de conformarse aún sin ganar pero, tratando de esquivar eso, me parece que la mano de ser los mejores se nos está yendo un poquito.
Escuchaba el otro día en La Venganza... un pedacito divertido: si desde un medio masivo nos quemamos las pestañas para pedir por la paz y el fin de la violencia en las canchas, después no gritemos un gol desesperadamente durante cuarenta segundos como si fuera el fin del mundo. Es sugestionar al público. La misma voz que pide decencia es la que está por fallecer de la agonía ante un gol en el último minuto. Y eso contagia. Entonces no hay forma de pedirle al que está con la radio en la cancha que no le tire con un ladrillo al juez de línea si se lo está convenciendo de que es la vida o la muerte en 90 minutos.
Un par de noches atrás, y en medio de todo un debate filosófico (¿?), hicimos una analogía completa de la vida como un campeonato. Un torneo en el que jugamos una serie de partidos que podemos ganar o perder, y que van afectando unos a otros y al resultado global y final. Uniendo entonces las dos ideas, algo que no es alocado ni mucho menos, estamos ante una idea de que si no vencemos en cada una de las batallas de la vida, seremos unos fracasados. Y siendo que las derrotas enseñan muchísimo más que las victorias, creo que ahí es donde llegamos al problema.
Si la Presidente llama a los gritos a la unión del pueblo contra esos golpistas, si un líder gremialista tiene más presencia mediática que un periodista de opinión, si la editorialización de los tipos parados en la esquina anuncia todo el tiempo las catástrofes de la sociedad, si nos incitan a sentirnos argentinos y boicotear a los del país de al lado por una papelera contaminante del tipo de las que nosotros tenemos 17 en un mismo río, si un River vs. Boca tiene 11 veces (literalmente, diez veces) más infraestructura e inversión que una Feria del Libro...
No, no, no estoy justificando la violencia. Me refiero a la intención moldear pensamientos bastante mediocres (de los que nos sobran a todos últimamente) en cuanto a la pasión por el fin máximo.
Me fui a cualquier lado, había comenzado viendo un partido de tenis. ¿Vieron lo mal que hace trabajar un sábado a la mañana?
